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Maria MoralesPsicóloga
Trauma y duelo

Lo que más he visto trabajando con jóvenes: el dolor que nadie ve

26 de junio de 2026 · 4 min de lectura · Maria Morales

Durante mi trabajo como psicóloga en un programa público de promoción del bienestar emocional dirigido a jóvenes, he escuchado cientos de historias. Historias muy diferentes entre sí, pero que, con el tiempo, han empezado a mostrar un patrón común.

No es solo ansiedad. No es solo depresión. No es solo baja autoestima.

Muchas veces, detrás de esos síntomas hay una historia de soledad, incomprensión y necesidades emocionales que nunca encontraron respuesta.

El problema no suele empezar en la adolescencia

Con frecuencia pensamos que los problemas aparecen porque la adolescencia es una etapa complicada. Sin embargo, muchas veces la adolescencia simplemente hace visibles heridas que llevan años formándose.

Jóvenes que han crecido sintiéndose poco importantes. Que aprendieron que expresar tristeza era molestar. Que solo recibían atención cuando sacaban buenas notas o cuando dejaban de dar problemas. Que vivieron rechazo, abandono emocional, negligencia o diferentes formas de maltrato.

No siempre hablamos de violencia física. En muchas ocasiones hablamos de necesidades emocionales que nunca fueron vistas.

Crecer sin una base segura

Uno de los aspectos que más me ha llamado la atención es la cantidad de jóvenes que sienten que no tienen un adulto al que acudir cuando lo están pasando mal.

No porque sus familias no estén presentes físicamente, sino porque no encuentran un espacio donde sentirse comprendidos sin ser juzgados.

Algunos escuchan frases como:

  • “Estás exagerando.”
  • “Eso son tonterías.”
  • “Ya se te pasará.”
  • “Hay gente que está peor.”

Con el tiempo dejan de pedir ayuda. No porque ya no la necesiten, sino porque aprenden que hacerlo no sirve de nada.

Cuando nadie te ha enseñado a relacionarte

Muchos jóvenes desean tener amigos o pareja, pero nunca han aprendido cómo construir relaciones seguras.

Confunden el control con el amor. Normalizan los celos. Toleran faltas de respeto por miedo a quedarse solos. O, por el contrario, se aíslan porque sienten que no encajan en ningún sitio.

No es falta de interés social. Muchas veces es falta de experiencias relacionales suficientemente seguras.

Sentir mucho, pero no entender qué ocurre

Otra realidad muy frecuente es la ausencia de herramientas para comprender lo que les sucede.

Saben que están mal. Saben que lloran, que se enfadan, que tienen ansiedad o que sienten un vacío enorme. Pero no entienden por qué.

  • No pueden conectar sus síntomas con su historia.
  • No identifican patrones que se repiten.
  • No reconocen qué situaciones activan determinadas emociones.

Sin esa capacidad de observar y comprender el propio funcionamiento (lo que en psicología conocemos como metacognición) resulta muy difícil cambiar aquello que produce sufrimiento.

Porque nadie puede modificar un patrón que ni siquiera sabe que existe.

El síntoma tiene una función

Cuando un joven empieza a consumir alcohol o cannabis de forma problemática, pasa horas jugando sin poder parar, utiliza las redes sociales compulsivamente o se autolesiona, es fácil quedarse únicamente con la conducta.

Pero pocas veces nos preguntamos qué función está cumpliendo.

Muchas de estas conductas no aparecen porque la persona quiera hacerse daño. Aparecen porque, en ese momento, representan la única estrategia que conoce para aliviar un dolor que siente insoportable.

Durante unos minutos, la ansiedad disminuye. El vacío parece desaparecer. La mente deja de dar vueltas. El sufrimiento se anestesia.

El problema es que ese alivio dura poco y, con el tiempo, acaba generando nuevas dificultades.

No necesitamos preguntarnos “¿qué le pasa?”, sino “¿qué ha vivido?”

Este cambio de mirada transforma completamente la intervención.

Cuando dejamos de ver únicamente el síntoma y empezamos a comprender la historia de la persona, aparecen respuestas que antes parecían inexplicables.

La ansiedad deja de ser un enemigo. Las autolesiones dejan de interpretarse únicamente como una conducta de riesgo. El consumo deja de verse solo como un problema de voluntad.

Y empezamos a entender que muchas de estas conductas son intentos de adaptación a un sufrimiento que no ha encontrado otras vías de regulación.

También hay esperanza

A pesar de este panorama, también he visto algo que me parece profundamente esperanzador.

He visto jóvenes que, por primera vez, descubren que lo que sienten tiene sentido. Que aprenden a poner nombre a sus emociones. Que entienden cómo su historia influye en su presente sin quedar definidos por ella. Que encuentran adultos que los escuchan de verdad. Que construyen relaciones más seguras.

Que dejan de pensar que están “rotos” y empiezan a comprender que, durante mucho tiempo, hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían.

No podemos cambiar el pasado de una persona, pero sí podemos ayudarle a entenderlo.

Y, cuando una persona entiende por qué le ocurre lo que le ocurre, deja de luchar contra sí misma y puede empezar, poco a poco, a construir una forma diferente de vivir.

Escrito por Maria Morales

Psicóloga General Sanitaria · Colegiada n.º 35153

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